Se cumplieron veinticinco años del traspaso del poder institucional y formal de la Junta Militar a una serie de candidatos presidenciales designados por determinados resultados electorales y que se sucedieron luego del primer debutante: Raúl Alfonsín. Siendo fieles a la lógica del sistema métrico decimal, diría Borges, se celebran las bodas de plata y todo el mundo está predispuesto a ensayar discursos y reflexiones conmemorativas brillantes. También, y en tren de ser fieles a la historia, se puede recordar los treinta y dos años y casi nueve meses del golpe anticonstitucional del fatídico 24 de marzo de 1976. Golpe auténticamente destituyente que fuera apoyado por izquierda y por derecha por los muchos demócratas de hoy. El parlamento de una supuesta guerra, en realidad la guerra era contra la Argentina toda, fue reemplazado por el parlamento de la derrota, madre del parlamento de la “democracia renga”. La guerra continuó de otra manera. Guerra seca le dicen algunos. Aunque hoy ya no lo sería tanto, debido al constante aumento de la muerte blanca. Los inicios verdaderos de todas nuestras calamidades están prefigurados y expuestos en aquella fenomenal conspiración contra la Argentina que se consolida a la muerte de Perón. Pero una inflexión determinante que aumentaría el despojo sistemático de nuestra patria, sobrevendría con la derrota en Malvinas. Los términos de la rendición se expresaron en todo su esplendor con el advenimiento de la “democracia renga”. Ya no era necesaria ni se justificaba la presencia ominosa de un ejército bravo absolutamente distorsionado de su rol y que puso en peligro su existencia para siempre, obviamente con la complicidad de muchos oficiales. En el “libre” juego de la democracia estaban contenidas las mejores posibilidades de obtener de la Argentina todas sus riquezas, y se encontró un perverso mecanismo de confirmar cada tanto, mediante elecciones amañadas, nuestra propia condena.HANNAH ARENDT
En 1951, Hannah Arendt escribió: "El sujeto ideal de un régimen totalitario no es el nazi convencido o el comunista comprometido, son las personas para quienes la distinción entre los hechos y la ficción, lo verdadero y lo falso ha dejado de existir".
jueves, 11 de diciembre de 2008
LA RENGA
Se cumplieron veinticinco años del traspaso del poder institucional y formal de la Junta Militar a una serie de candidatos presidenciales designados por determinados resultados electorales y que se sucedieron luego del primer debutante: Raúl Alfonsín. Siendo fieles a la lógica del sistema métrico decimal, diría Borges, se celebran las bodas de plata y todo el mundo está predispuesto a ensayar discursos y reflexiones conmemorativas brillantes. También, y en tren de ser fieles a la historia, se puede recordar los treinta y dos años y casi nueve meses del golpe anticonstitucional del fatídico 24 de marzo de 1976. Golpe auténticamente destituyente que fuera apoyado por izquierda y por derecha por los muchos demócratas de hoy. El parlamento de una supuesta guerra, en realidad la guerra era contra la Argentina toda, fue reemplazado por el parlamento de la derrota, madre del parlamento de la “democracia renga”. La guerra continuó de otra manera. Guerra seca le dicen algunos. Aunque hoy ya no lo sería tanto, debido al constante aumento de la muerte blanca. Los inicios verdaderos de todas nuestras calamidades están prefigurados y expuestos en aquella fenomenal conspiración contra la Argentina que se consolida a la muerte de Perón. Pero una inflexión determinante que aumentaría el despojo sistemático de nuestra patria, sobrevendría con la derrota en Malvinas. Los términos de la rendición se expresaron en todo su esplendor con el advenimiento de la “democracia renga”. Ya no era necesaria ni se justificaba la presencia ominosa de un ejército bravo absolutamente distorsionado de su rol y que puso en peligro su existencia para siempre, obviamente con la complicidad de muchos oficiales. En el “libre” juego de la democracia estaban contenidas las mejores posibilidades de obtener de la Argentina todas sus riquezas, y se encontró un perverso mecanismo de confirmar cada tanto, mediante elecciones amañadas, nuestra propia condena.
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