martes, 10 de enero de 2017

AL FINAL VACA MUERTA NO ESTABA TAN MUERTA.


     Por Ricardo Roa/Clarín.- El yacimiento que puede revivir nuestra energía por lo pronto le dio vida a un cambio sindical. Es de lejos la mayor apuesta inversora del Gobierno. En un sector donde la Argentina tiene ventajas comparativas como pocos países. Y al mismo tiempo un enorme agujero negro que costará años y millones de dólares tapar. Con el kirchnerismo perdimos el autoabastecimiento y entramos de lleno en la dependencia energética. La esperanza se sintetiza en dos palabras: Vaca Muerta. Hasta ahora los intentos de revivir Vaca Muerta no dieron los resultados esperados. Está perforada pero poco y respira poco y nada. Es el segundo o tercer reservorio mundial de petróleo y gas no convencional, caro de sacar pero que a Estados Unidos lo sacó de su dependencia de la importación. Tanto que el precio internacional del barril bajó a la mitad. Ahora está subiendo y eso achica la diferencia con su alto costo de extracción y estimula aquí la enorme inversión necesaria, tan grande como los resultados que promete.
La vaca muerta será muy rica pero si no cambian las cosas seguirá muerta. La clave es bajar costos para atraer inversiones y que haya inversiones. Hacia allí apunta el anuncio que hará hoy el Gobierno después de una trabajosa negociación con los gremios, las empresas y las provincias involucradas. La idea de Macri era que la presentación en sociedad se hiciera el 13 de diciembre, día del petróleo. Las tratativas perdieron pie cuando faltaba darle algunas puntadas al corazón del acuerdo: los cambios en modalidades de trabajo de los petroleros. Guillermo Pereyra, senador y jefe del sindicato, reclamó la participación personal del Presidente para destrabar la discusión. Los turnos volverán a ser de 8 horas y no de 12 con la carga de horas extras que al final los petroleros no querían hacer porque se las comía Ganancias, otro raro costo argentino. Y se reducirán dotaciones por turno aunque ampliando las posiciones para que no haya despidos. Se pagarán las horas de trabajo reales: ya no habrá las llamadas horas taxi que incluían como trabajadas las del viaje de casa al trabajo y del trabajo a casa. Todo esto es flexibilizar condiciones de trabajo con la intención de promover más trabajo y trabajo bien pago. Pero en el diccionario macrista y en el diccionario sindical la palabra flexibilización está prohibida. 


Es mala palabra desde que la usó el alfonsinismo y el menemismo: se la asocia al retroceso laboral. Con ella nació el concepto de contratos basura. Como si fuera una mancha venenosa, el ministro Triaca salió a despegar el sistema de pasantías que proyecta de cualquier clase de flexibilización. Podría haber avisado a su Secretario de Empleo que flexibilizara su discurso. Hablando de lo mismo, el ex Techint Miguel Angel Ponte dijo: “la posibilidad de entrar y salir del mercado laboral es una esencia del mundo laboral como es en el organismo humano comer y descomer”. O sea, comer y hacer caca. Pavada de comparación. La inmensa mayoría de los convenios colectivos están cristalizados desde el 75. Las condiciones de trabajo quedaron congeladas desafiando los cambios tecnológicos y organizativos. Expresan un país que ya no está. Salvo excepciones, en estos 40 años las paritarias se limitaron a negociar salarios. Es decir a discutir el ahora. Al futuro se lo dejó para el futuro. Con los petroleros las dos cosas pueden ir juntas. Mejorar la productividad laboral es un paso necesario e importante. Pero lo que finalmente cierra el círculo son las inversiones.