Por Fernando Gonzalez/El Cronista.-
Es constructivo reflexionar en Navidad y poco antes de terminar el año sobre los acontecimientos personales y sobre lo que ha sucedido en el país en términos sociales. Especialmente, cuando la Argentina transita como ahora un período de cambio político, económico y cultural. La irrupción de un nuevo gobierno produjo en los últimos 14 días algunos fenómenos interesantes y necesarios. Volvieron los encuentros entre dirigentes de diferentes sectores partidarios. El presidente Mauricio Macri, en su primer día de gestión, recibió a sus adversarios recientes Daniel Scioli, Sergio Massa y Margarita Stolbizer. Llevó a la Quinta de Olivos a los 24 gobernadores. Abrió las salas de prensa de la Casa Rosada. Se ha terminado el cepo al dólar. Y se terminaron las trabas sin fundamento para exportar o para importar. La cordura y el profesionalismo volvieron al Indec y, muy pronto, la pluralidad de voces regresará a los medios públicos con la bandera de la tolerancia.
Macri y sus funcionarios tendrán que ser más consecuentes con la ley en algunas situaciones puntuales. No fue una buena decisión del Presidente apelar a un decreto para postular en comisión a dos jueces para la Corte Suprema y eludir por un tiempo el escrutinio del Congreso. El error terminó en postergación y en una primera grieta con propios y ajenos. No supo el Gobierno hallar una solución más eficaz para el caso Cresta Roja que repusiera el imperio de la ley vulnerado por los manifestantes sin recurrir a los balazos de goma. Es conveniente que el oficialismo aprenda la lección porque ése será uno de los desafíos más recurrentes en los meses que vienen.
Ojalá en la próxima Navidad, la del 2016, podamos decir que la inflación se redujo. Que bajó el déficit fiscal; que crecieron las reservas monetarias y que la recesión llegó a su fin. Ojalá podamos decir que se volvió a recrear empleo genuino y que la corrupción, esa que degradó tanto al Estado, no ha quedado impune como suele suceder en la Argentina del todo pasa.
HANNAH ARENDT
En 1951, Hannah Arendt escribió: "El sujeto ideal de un régimen totalitario no es el nazi convencido o el comunista comprometido, son las personas para quienes la distinción entre los hechos y la ficción, lo verdadero y lo falso ha dejado de existir".
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