viernes, 15 de septiembre de 2017

CRISTINA KIRCHNER JAMÁS SE ANIMÓ A BAÑARSE EN EL JORDÁN DE LA AUTOCRÍTICA.


      Por Fernando Gonzalez/Clarín.- La ex presidenta eligió mantenerse en el sendero de la soberbia. Tras una década, Cristina dio una extensa entrevista. Diez años después, cantaba Andrés Calamaro. Es el tiempo que pasó desde que Cristina Kirchner dio la última entrevista según el sistema conocido históricamente como reportaje: los periodistas preguntan, el entrevistado responde. Así de simple. La última vez fue cuando Marcelo Bonelli y Gustavo Sylvestre lo hicieron para el canal de noticias TN. Ahora fue el periodista Luis Novaresio quien la entrevistó para el portal Infobae. Fue un diálogo atractivo, con algunas preguntas incisivas que la descolocaron, y observado por unas 50.000 personas en promedio a lo largo de las dos horas que se extendió. Largo, como algunas de las cadenas presidenciales que volvió a defender.
Cristina Kirchner se despegó de los bolsos José López: "Lo odié en ese momento como pocas cosas en mi vida" La ex presidenta lucía el mismo poncho blanco, muy onda María Eugenia Vidal, que viste desde que está en campaña para convertirse en senadora nacional por la provincia de Buenos Aires. El momento cumbre de la entrevista fue cuando Novaresio le preguntó por su enriquecimiento. ─¿Cómo hizo para que su patrimonio pasara de 7 millones de pesos en 2003 a 100 millones en 2010? Era la pregunta que hubiéramos querido hacer todos los periodistas y Novaresio la hizo con respeto y con precisión. Cristina sonrió, bebió agua (lo que aconsejan los expertos en coaching mediático ante una pregunta complicada) y agradeció la consulta. “Me encanta tu pregunta Luis, me gusta mucho…”, siguió su libreto la ex presidenta. Los media coachers piden siempre un elogio para el entrevistador y llamarlo por su nombre. En campaña Cristina es una discípula obediente. Pero jamás respondió la pregunta. “Ya fue evaluado y fue juzgado judicialmente”, fue toda la respuesta de la ex presidenta sobre la multiplicación exponencial de su patrimonio mientras ejercía la función pública. Pero no mencionó que el encargado de juzgar judicialmente ese presunto delito fue el ex juez Norberto Oyarbide, uno de los funcionarios judiciales más desprestigiados de la democracia restaurada y quien debió ser salvado del juicio político por el peronismo en dos oportunidades: una por el menemismo y otra, claro, por el kirchnerismo. 


 Mauricio Macri le concedió el beneficio de aceptarle la renuncia a la Justicia Federal, privando a la sociedad de un juicio que hubiera sido ejemplificador. El resto fue lo previsible para alguien que desprecia al periodismo y detesta responder preguntas complicadas. Las pericias que indican que la muerte del fiscal Alberto Nisman pudo ser un asesinato, justo cuando se disponía a denunciarla por encubrir supuestamente a los autores del atentado a la AMIA, para Cristina son “un disparate”. A las menciones a la represión en Venezuela respondió preguntándole a Novaresio si Milagro Sala no era una presa política. Para la ex presidenta, el gobierno de Macri es “una democracia pero cuestionada” y la Corte Suprema de Justicia “está sospechada en su independencia”. Cristina jamás se animó a bañarse en el Jordán de la autocrítica. Cuando rozaba el arrepentimiento, enseguida completaba la frase con algún dato autoexculpatorio. Como cuando habló de la inflación: “En mi gobierno hubo, pero ahora hay más…”, se atajó rápido. Poco sobre el Indec, nada sobre la manipulación de las estadísticas oficiales. Fueron interesantes algunos olvidos bien oportunos. La ex presidenta no pudo recordar aquella frase inolvidable de Aníbal Fernández, que ubicaba la pobreza de la Argentina por debajo de la pobreza en Alemania. En cambio, su memoria se activó varias veces para recordar las cuentas de las empresas offshore de la familia Macri en Panamá y en Bahamas. T

ambién, para calcular el monto exacto (35 millones de dólares) que habría blanqueado un hermano del Presidente, según datos subterráneos de la AFIP. Peronización y victimización, las recetas de Cristina Kirchner para meterse en la pelea por el liderazgo opositor El momento de la ternura surgió cuando Novaresio le recordó los bolsos voladores de José López con 9 millones de dólares atravesando los muros de un convento bonaerense. “Tuve mucho enojo, mucha tristeza por los miles de pibes que nosotros incorporamos a la política”, se acongojó. Después intentó despegarse y despegar a Néstor Kirchner del secretario de Obras Públicas millonario. Pero se enredó en el retroceso y pasó a otro tema. Cristina buscó aprovechar, como viene haciéndolo en las últimas semanas, el impacto social de la desaparición de Santiago Maldonado. Allí golpeó duro para poner de relieve un supuesto sesgo represivo y antidemocrático del gobierno de Macri. “A mí me decían yegua, puta, montonera y persiguen a un pibe por un mensaje de Twitter”, comparó. Y explicó que durante su mandato jamás hubo persecuciones. Olvidó aquellos carteles con gigantografías de periodistas que el programa 678 llevó a Tribunales para que los simpatizantes del kirchnerismo los escupieran. 

Un destello de intolerancia que hasta pudo ser perdonable si no se hubiera financiado con el presupuesto de la televisión pública. Cristina tampoco pudo recordar aquella noche del 10 de diciembre de 2013 cuando bailaba en Plaza de Mayo al son de los tambores de Choque Urbano y la cantidad de muertos por la represión policial ascendía a 14. La única verdad es la realidad. La historia la escriben los que ganan. Hay un Perón que no envejece. Un gesto de arrepentimiento suele ser bienvenido en los estadistas. Pero Cristina eligió mantenerse en el sendero de la soberbia. Diez años después de haber sido la primera mujer presidenta de la Argentina. Después de haber sido elegida con el 54% de los votos. Apenas quedan la voluntad de ganar una pequeña elección legislativa; una montaña de causas judiciales que huelen a corrupción y dos horas de palabras defensivas que esquivan el futuro para volver al refugio fácil y decadente del pasado.

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