miércoles, 15 de marzo de 2017

SON LAS RAÍCES NO LAS RAMAS.


      Por Gabriela Pousa/PerspectivasPolíticas.- Cuando una sociedad está sumida en una crisis cultural y moral como la nuestra, toda marcha terminará inevitablemente con incidentes. Desde hace unos cuantos años se han desvirtuado las más nobles causas que acunaba la sociedad, al margen de cuestiones políticas propiamente dichas. Toda ocasión es aprovechada para confirmar aquello que salta a simple vista: el pus aflora por los cuatro puntos cardinales. Tristemente, gran parte del pueblo cree que el problema de la Argentina es la economía porque quizás vio menguar su calidad de vida, o porque se dificulta llegar a fin de mes sin sobresaltos pero falta preguntarse los orígenes de tales males. No es Macri.
Lo cierto e inequívoco es que el problema fundamental de los argentinos hoy excede el marco meramente crematístico, y desciende de la superficie para terminar pudriendo las raíces. Así, todo el árbol entra en peligro. Cuando el mal se limitaba a unas pocas ramas bastaba con una poda mejor o peor realizada que salvara a la planta. Actualmente no hay poda que libere a la sociedad del mal que acecha. Ya no alcanza con un redentor ministro de Economía que establezca un tipo de cambio fijo, que imponga una tablita, establezca por decreto la convertibilidad de la moneda, modifique la denominación del billete o que enuncie – con bombos y platillos- un plan Austral, otoño o Primavera. Aunque nos hablen con el corazón seguiremos escuchando con el bolsillo o peor aún, ensordeciendo y voluntariamente callando. El invierno es demasiado largo para pasarlo sin sobresaltos. Y es que la crisis argentina es mucho más grave que aquellas otras con las que hemos lidiado en el pasado. Quién más, quién menos ha escuchado desde que era chico que el país atraviesa un mal momento en su economía. La emergencia económica dejó de ser tal para ser perenne como la sal. Aquello que agrava las cosas es que es muchísimo más sencillo resolver un desorden económico que un caos cultural. De allí que los conflictos que hoy nos sacuden, con mayor o menor desparpajo, sean casi secundarios. Estamos convirtiendo en tema, asuntos nimios al lado del verdadero problema. Cuando un pueblo ha dejado corromper su vocabulario, su lengua, cuando regaló sus tradiciones o las canjeó por fines de semana largos, cuando votó un vestido negro y la puesta en escena de un funeral porque había cuotas para plasmas y paquetes baratos para viajar, difícil es redimirla. 


Nos frivolizamos hasta el escándalo. Al actual gobierno no sólo le toca bailar con la más fea sino también con la más mala. El trabajo a realizar demandará años, décadas. Esto no debería desesperanzar por cuanto una sociedad madura o que se precie de tal, debiera pensar en los próximos 20 ó 30 años más que en la coyuntura de lo banal. Ahora bien, ¿está el pueblo y dispuesto a trabajar por un futuro que quizás no va a presenciar? En esa respuesta radica la clave para saber si podremos remontar esta anomia generalizada, este engendro de “derechos para todos” que no son sino un avasallamiento de libertades individuales, este andar mancomunados marchando por lo que parece justo porque suena “políticamente correcto” sin ahondar más allá. Si no se abandona la actitud de rebaño difícilmente el país recupere lo más básico: la cordura. El sentido común ha sido socializado, bregan por causas aparentemente buenas pero usurpadas por intereses sectarios y poco sanos. Los docentes parando, las mujeres golpeadas, los pobres aumentando, los marginados hacinados no son sino emergentes de una destrucción moral que se ha construido a base de falacias, eufemismos, y de vender una cultura de lo gratuito cuyo costo hoy es fenomenal. Estamos como estamos porque obramos como obramos, o porque dejamos obrar sin alzar la voz cuando se debía alzar. 

Hoy la peste nos ha alcanzado. No hay aspirina que valga, no hay magia que redima, ni predestinado que desde el poder de turno pueda modificar lo que debe ser modificado por y en cada uno de los ciudadanos. “La caridad bien entendida empieza por casa”. La reestructuración de la moral y la limpieza de raíces también. Desde luego que gravita importancia la destrucción de jerarquías en lo institucional, pero no menos grave es la falta de jerarquías en el hogar. No hay democracia familiar, ni siquiera la hay en lo social. No debería haberla aunque suene políticamente incorrecto sostenerlo. La democracia es un concepto de la política. Su irrupción en otros planos ha llevado al caos. En este trance, los paros por mejores salarios, los reclamos por trabajo se viven como si fuesen legítimos cuando en rigor son engaños. Engaños fútiles porque de nada sirve arreglar un gajo de la planta o podarle una rama que se ha secado si las raíces están rodeadas de malezas o arvenses agresivas. “Lo que el árbol tiene de florido vive de lo que tiene sepultado”, olvidar ese verso es profano. Hoy las banderas más puras están manchadas, si se desconoce esa realidad por dura que sea de aceptar, estamos condenados a vivir lo que hemos vivido tantas veces en el pasado: caos y más caos.